CIBER SHAKABE: 2012

martes, 11 de septiembre de 2012

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Linkin Park
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 Wisin & Yandel
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miércoles, 22 de agosto de 2012

Tablets

Lo cierto es que el primer uso de los tablets fue para reconocer la escritura. La primera patente para un “tablet” electrónico usado para escribir a mano fue otorgada en 1888 con el “Teleautógrafo”, una especie de precursor del Fax. Desde entonces comenzaron a desarrollarse distintos sistemas que permitieran usar las manos en lugar de periféricos para interactuar con sistemas de comunicación y computadoras.

En 1968, el ingeniero en computación Alan Kay diseñó algo similar a lo que hoy sería un notebook, que tendría una muy larga duración de batería y software enfocado a entregarle acceso a los medios digitales a los niños. Se llamaba “Dynabook“, y en parte fue financiado con otros fines no educativos: entregar un sistema de documentación militar portátil.

En el 2000, una de las primeras versiones de los tablet fue el ProGear, fabricado por la empresa FrontPath. Se trataba de un dispositivo con una pantalla táctil de 10.4 pulgadas y resolución de 800×600, que corría con Linux. Contaba con 64 o 128MB de RAM y 6,4 GB de almacenamiento en un disco duro – o bien 64 MB en memoria Flash. Incluía un lápiz, pesaba 1,5 kilos y costaba alrededor de USD$1.500.

Pero la fama no llegaría a este segmento hasta 2002, cuando varios fabricantes lanzaron equipos bajo el nombre de “Tablet PC“, diseñados bajo las especificaciones entregadas por Microsoft. Estos modelos corrían con Windows XP Tablet PC Edition, que permitía usar un lápiz para manejar el sistema operativo. Desde entonces, las futuras versiones de Windows incluyeron siempre soporte para lápiz. Según la definición de Microsoft, estos equipos estaban basados en x86 con soporte para reconocimiento de escritura a mano y voz, pero seguían usando prácticamente el mismo hardware de un laptop.

En 2006, Microsoft intentó renovar esto entrando con Windows en el terreno de los “Ultra-mobile PC” o UMPC, equipos más pequeños con soporte para lápiz, pantalla TFT de entre 12,7 y 17,8 cm. La mayor parte de los fabricantes lanzó algún modelo de este tipo, pero no alcanzaron a ganar popularidad debido a varios pequeños asuntos que no estaban bien resueltos. Muchos de los dispositivos eran demasiado pesados para ser sostenidos con una sola mano, aunque había software pensado para usar con los dedos, estas interfaces no estaban presentes en todo el equipo, y no había suficientes aplicaciones específicas para esta plataforma. Los programas tradicionales de escritorio no se adaptaban bien para ser usados desde pantallas más pequeñas, y con los dedos o un lápiz.

El mercado de los tablets recibió un nuevo impulso con el lanzamiento del iPad en 2010. Su principal aporte quizás fue la interfaz diseñada especialmente para usar con los dedos, y que definió al tablet como una entidad separada de los demás computadores de escritorio o portátiles.

El iPad se ha enfocado principalmente en el consumo de medios, como navegar por la web, revisar el e-mail, fotos, videos, leer libros, etc., más que en la producción o procesamiento de contenidos. Los tablets a partir de aquí se transformaron en dispositivos livianos de entre 7 y 12 pulgadas, basados en procesadores ARM (aunque Microsoft pretende cambiar esto con Windows 8 próximamente agregando x86), y que proveen una amplio rango de aplicaciones y conectividad.

La competencia a partir de aquí se desarrolló a partir de Android, un sistema originalmente diseñado para smartphones que fue la opción lógica de los fabricantes, considerando que Windows no corría sobre ARM. Motorola, Samsung, Toshiba, Asus, Amazon y otros lanzaron sus modelos con Android, mientras otros como BlackBerry crearon su propio software, y HP optó por comprar WebOS, sin lograr éxito con la adquisición.

El mercado actualmente es bastante competitivo en cuanto a tablets, y todavía no hemos llegado a un nivel de estabilización puesto que seguimos viendo cambios: se espera que a fines de año se lance Windows 8, la apuesta de Microsoft para este mercado del que se quedó fuera hace dos años.

viernes, 8 de junio de 2012

Gandhi


Entre los grandes teóricos que modificaron la configuración política e ideológica del mundo en el siglo XX, figura este hombre de austeridad inflexible y absoluta modestia, que se quejaba del título de Mahatma ('Gran Alma') que le había dado, contra su voluntad, el poeta Rabindranath Tagore. En un país en que la política era sinónimo de corrupción, Gandhi introdujo la ética en ese dominio a través de la prédica y el ejemplo. Vivió en una pobreza sin paliativos, jamás concedió prebendas a sus familiares, y rechazó siempre el poder político, antes y después de la liberación de la India. Este rechazo convirtió al líder de la no-violencia en un caso único entre los revolucionarios de todos los tiempos.

El descubrimiento de Oriente

Mohandas Karamchand Gandhi nació el 2 de octubre de 1869 en un remoto lugar de la India, en la ciudad costera de Porbandar, del distrito de Gujarat. Éste era entonces un mosaico de minúsculos principados, cuyos gobernantes tenían un poder absoluto sobre la vida de sus súbditos. Su padre, Karamchand Gandhi, era el primer ministro de Porbandar y pertenecía a la casta de los banias, mercaderes de proverbial astucia y habilidad en el comercio. Su madre, llamada Putlibai, procedía de la secta de los pranamis, quienes mezclaban el hinduismo con las enseñanzas del Corán. Era una mujer profundamente religiosa y austera que dividía su tiempo entre el templo y el cuidado de los suyos, amén de practicar frecuentes ayunos. En la formación espiritual de Mohandas, que sentía un ilimitado amor por sus padres, además de la adoración a la diosa Visnú que profesaba la familia, concurrieron una serie de culturas y credos amalgamados: el hindú, el musulmán, el jain. Este último tuvo especial influencia en su filosofía: los jains practicaban la no-violencia no sólo con los animales y los seres humanos, sino incluso con las plantas, los microbios, el agua, el fuego y el viento.

Mohandas fue un adolescente silencioso, retraído y nada brillante en los estudios. A los trece años, siguiendo la costumbre hindú, lo casaron con una niña de su edad llamada Kasturbai, de quien estaba prometido desde los seis años sin saberlo. El joven esposo se enamoró apasionadamente de la muchacha, y por hacer el amor con ella abandonó el lecho de su padre moribundo la misma noche en que éste murió. El suceso dejó una culpa imborrable en Gandhi, que más tarde se declararía en contra del matrimonio entre niños y a favor de la continencia sexual.

Como sus calificaciones no mejoraron en el instituto, la familia decidió enviarlo a Londres para seguir los cursos de abogacía del Inner Temple, cuyas exigencias eran menores que las de las universidades indias. Con tanto miedo como excitación, el muchacho se embarcó en Bombay en septiembre de 1888. Tenía diecinueve años y acababa de ser padre por primera vez. Antes de partir había prometido solemnemente a su madre no seguir la costumbre inglesa de comer carne, dado que el visnuismo lo prohibía. Varias veces en su adolescencia había transgredido tal norma, impulsado por un amigo que le aconsejaba la carne para parecerse en fortaleza a los ingleses.

En Londres vivió tres años, entre 1888 y 1891, período en que se produjo uno de los hechos más determinantes de su vocación: el descubrimiento de Oriente a través de Occidente. En efecto, en la capital inglesa comenzó a frecuentar a los teósofos, quienes lo iniciaron en la lectura del primer clásico indio, el Bhagavad Gita, al que llegaría a considerar «el libro por excelencia para el conocimiento de la verdad». También allí entró en contacto con las enseñanzas de Cristo, y durante un tiempo se sintió tan atraído por la ética cristiana que dudó entre ésta y el hinduismo. De esa época son sus intentos de sintetizar los preceptos del budismo, el cristianismo, el islamismo y su religión natal, a través de lo que señaló como el principio unificador de todos ellos: la idea de renunciación.

En estos años decisivos para su formación intelectual leyó a Tolstói, en quien más tarde encontraría el guía para el perfeccionamiento de la práctica y la teoría de la no-violencia. Y cuando regresó a la India con el título de abogado, lo hizo con sus señas de identidad orientales: había ido en busca de la sabiduría occidental y retornaba con el secreto que había hecho sabios a los hindúes.

Al volver a Porbandar encontró a su familia desintegrada: la madre había muerto poco antes y los Gandhi habían perdido toda influencia en la corte principesca. Como abogado no halló muchas perspectivas, ya que su primera actuación profesional terminó en un humillante fracaso, pues enmudeció al dirigirse al tribunal y no pudo continuar. Fue entonces cuando una factoría comercial musulmana le ofreció un contrato para atender un caso de la empresa en Durban, y Gandhi no dejó pasar la oportunidad. Se embarcó hacia Sudáfrica en 1893.

En el país de los antiguos colonos holandeses vivía una colonia hindú formada en su mayoría por trabajadores, a quienes los ingleses llamaban despectivamente sami. Carecían de todo derecho, se les despreciaba y discriminaba racialmente, como pudo comprobar en carne propia el joven abogado durante algunos de sus viajes en ferrocarril. Pero la situación era más grave aún de lo que parecía. Terminado su trabajo, Gandhi estaba a punto de regresar a la India cuando se enteró de la existencia de un proyecto de ley para retirar el derecho de sufragio a los hindúes. Decidió entonces aplazar la partida un mes para organizar la resistencia de sus compatriotas, y el mes se convirtió en veintidós años.

Durante esa larga etapa de su vida, su mayor preocupación fue la liberación de la comunidad india, y en ella fue dando forma a las armas de lucha que más tarde utilizaría en su país. En los primeros años, convencido de las buenas intenciones del colonialismo británico, abrió un bufete para defender a sus compatriotas ante los tribunales en Johannesburgo y se propuso articular un movimiento dedicado a la agitación por medios legales. Fundó el periódico "The Indian Opinion", para aglutinar a la comunidad india y, como instrumento de agitación legal, creó el Congreso Indio de Natal. Sus simpatías anglófilas le llevaron durante la guerra contra los bóers a organizar el Cuerpo Indio de Ambulancias, acción que mereció duras críticas por parte de los nacionalistas indios.

A partir de 1904 la actividad de Gandhi sufrió un cambio notable: después de leer la crítica del capitalismo contenida en "Unto The Last", de John Ruskin, modificó su estilo de vida y pasó a llevar una sencilla existencia comunitaria en las afueras de Johannesburgo donde fundó una comuna llamada Tolstói. En esa época bosquejó la teoría del activismo no-violento, que puso en marcha por primera vez para oponerse a la ley de registro. Esta ley obligaba a todos los indios a inscribirse en un registro especial con sus huellas dactilares. Gandhi ordenó a sus compatriotas que no se inscribieran, que comerciaran en las calles sin licencia y, más tarde, que quemaran sus tarjetas de registro frente a la mezquita de Johannesburgo. Como muchos de sus seguidores, fue a parar a la cárcel varias veces, pero el movimiento de resistencia civil obtuvo varios éxitos parciales.

En 1913 la protesta contra un impuesto considerado injusto se tradujo en una marcha a través del Transvaal, hasta Natal. Al año siguiente las autoridades británicas dieron marcha atrás con dicho impuesto y autorizaron a los asiáticos a residir en Natal como trabajadores libres. La victoria parecía total, y Gandhi, que había abandonado las vestimentas europeas en señal de protesta, partió definitivamente de Sudáfrica con su mujer y sus hijos. A largo plazo todos los logros de la comunidad india se perdieron y las autoridades de aquel país endurecieron aún más su política racista, pero Sudáfrica había sido el banco de pruebas donde Gandhi desarrolló y comprobó las tácticas que más tarde habría de utilizar en su tierra natal.

El Mahatma
Gandhi llegó a la India en 1915 como un verdadero héroe, con la aureola de sus campañas en el extranjero. Las masas de Bombay le tributaron un caluroso recibimiento, el gobernador inglés acudió a saludarlo y el poeta Rabindranath Tagore le dio la bienvenida en su Universidad Libre de Santiniketan. A poco de llegar, en la ciudad de Ahmedabad fundó una comunidad casi monástica en la que estaban prohibidas las vestimentas extranjeras, las comidas con especias y la propiedad privada. Sus miembros se dedicaban únicamente a dos trabajos materiales: la agricultura, para obtener el sustento, y el tejido a mano, para procurarse el abrigo. Aquí dio comienzo a una lucha que Gandhi habría de sostener durante toda su vida: la batalla contra las lacras del hinduismo y a favor de los intocables. El primer paso fue admitirlos como miembros de la comunidad.

En esos primeros años Gandhi abandonó toda agitación política a fin de apoyar los esfuerzos bélicos de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial, llegando incluso al reclutamiento de soldados para el ejército inglés. Su entrada en la política india no se produjo hasta febrero de 1919, cuando la aprobación de la Ley Rowlatt, que establecía la censura y señalaba duras penas para cualquier sospechoso de terrorismo o sedición, le abrió los ojos acerca de las verdaderas intenciones de los imperialistas ingleses en su país. Gandhi pasó entonces a encabezar la oposición a la ley. Organizó una campaña de propaganda a nivel nacional mediante la no-violencia, que comenzó con una huelga general. Ésta pronto se extendió a todo el país y las protestas se sucedieron en las principales ciudades, donde se registraron algunos focos de violencia pese a la insistencia del líder en el carácter pacífico de las manifestaciones. Cuando acudía a Delhi a apaciguar la población, Gandhi fue detenido. Días después, el 13 de abril, el brigadier general Dyer ordenaba disparar a sus gurkas sobre la multitud reunida en el Jallianwala Bagh de la ciudad de Amritsar. La dominación inglesa había mostrado su verdadero rostro sanguinario y brutal: casi cuatrocientas personas fueron asesinadas y otras miles heridas. Pero las autoridades británicas se vieron obligadas a reconsiderar sus tácticas y la Ley Rowlatt jamás entró en vigor.

En los años siguientes a la masacre de Amritsar, Gandhi se convirtió en el líder nacionalista indiscutido, alcanzando la presidencia del Congreso Nacional Indio -partido fundado por Alan Octavius Hume en 1885-, que él supo convertir en un instrumento efectivo en pro de la independencia. De una agrupación de las clases medias urbanas, pasó a ser una organización de masas enraizada en los pueblos y en el campesinado. Se pusieron en marcha las grandes campañas de desobediencia civil, que iban desde la negativa masiva a pagar impuestos hasta el boicot a las autoridades. Miles de indios llenaron las cárceles y el mismo Gandhi fue detenido en marzo de 1922. Diez días más tarde comenzaba «el Gran Juicio», en que el Mahatma se declaró culpable y consideró la sentencia a seis años de prisión como un honor, con lo que la sesión terminó con una reverencia mutua entre juez y acusado.

Cuando salió de la cárcel -una apendicitis hizo que las autoridades coloniales lo liberaran en 1924-, encontró que el panorama político se había modificado en su ausencia: el Partido del Congreso se había dividido en dos facciones y la unidad entre hindúes y musulmanes, conseguida con el movimiento de desobediencia civil, había desaparecido. Gandhi decidió entonces retirarse de la política, para vivir como un anacoreta, en absoluta pobreza y buscando el silencio como fuerza regenerativa. Retirado en su Ashram se convirtió en esos años en el jefe espiritual de la India, en el dirigente religioso de fama internacional que muchos occidentales en busca de la paz espiritual trataban como un gurú.

Su retiro finalizó de manera brusca en 1927, cuando el gobierno británico nombró una comisión encargada de la reforma de la Constitución, en la que no participaba ningún nativo. A la cabeza de la lucha política, Gandhi consiguió que todos los partidos del país hicieran el boicot a dicha comisión. Poco después, la huelga de Bardoli, en apoyo a la negativa a pagar impuestos, terminaba en un éxito total. La victoria del movimiento animó al Congreso a declarar la independencia de la India, el 26 de enero de 1930, y se encargó al Mahatma la dirección de la campaña de no violencia para llevar a la práctica la resolución. Éste eligió como objetivo de la misma el monopolio de la sal que afectaba particularmente a los pobres-, y partió de Sabartami el 12 de marzo con 79 voluntarios con rumbo a Dandi, población costera distante 385 kilómetros. El pequeño movimiento se extendió como las olas de un estanque hasta alcanzar toda la India: los campesinos sembraban de ramas verdes los caminos por donde pasaría ese hombre pequeño y semidesnudo, con un bastón de bambú, camino del mar y al frente de un enorme ejército pacífico. El día del aniversario de la masacre de Amritsar, Gandhi llegó a orillas del mar y cogió un puñado de sal. Desde ese momento la desobediencia civil fue imparable: diputados y funcionarios locales dimitieron, los prohombres locales abandonaron sus puestos, los soldados del ejército indio se negaron a disparar sobre los manifestantes, las mujeres se adhirieron al movimiento, mientras los seguidores de Gandhi invadían pacíficamente las fábricas de sal.


Nehru y Gandhi
La campaña terminó con un pacto de compromiso entre Gandhi y el virrey de su majestad británica, en virtud del cual se legalizaba la producción de sal y se liberaban los cerca de 100.000 presos detenidos durante las movilizaciones. Por otra parte, Gandhi era enviado a Londres para participar en la conferencia que discutía los pasos a seguir para establecer un gobierno constitucional en la India. La presencia del Mahatma en Inglaterra, al margen de la gran acogida popular que le dispensaron los barrios londinenses, no supuso resultados favorables para la causa, y al regresar a su país se encontró con que Nehru y otros líderes del Congreso se hallaban una vez más en prisión.

Hacia la independencia

Varias veces en su vida Gandhi recurrió a los ayunos como medio de presión contra el poder, como forma de lucha espectacular y dramática para detener la violencia o llamar la atención de las masas. La falta de humanidad del sistema de castas, que condenaba a los parias a la absoluta indigencia y ostracismo, hizo que Gandhi convirtiera la abolición de la intocabilidad en una meta fundamental de sus esfuerzos. Y desde la prisión de Yervada, donde había sido confinado nuevamente, realizó un «ayuno hasta la muerte» en contra de la celebración de elecciones separadas de hindúes y parias. Ello obligó a todos los líderes políticos a acudir junto a su lecho de prisionero para firmar un pacto con el consentimiento inglés. La labor de «pedagogía popular» para curar a la sociedad hindú de sus llagas no terminó aquí. Distanciado del Congreso ante la decepción que le provocaban las maniobras de los políticos, se dedicó a visitar pueblos lejanos, insistiendo en la educación popular, en la prohibición del alcohol, en la liberación espiritual del hombre.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial fue el motivo de que Gandhi, una vez más, retornara al primer plano político. Su oposición al conflicto bélico era absoluta y no compartía la opinión de Nehru y otros líderes del Congreso, proclives a apoyar la lucha contra el fascismo. Pero la decisión del virrey de incorporar el subcontinente a los preparativos bélicos de Gran Bretaña sin consultar con los políticos locales, clarificó las aguas, provocando la dimisión en masa de los ministros pertenecientes al Congreso. Tras la toma de Rangún por los japoneses, Gandhi exigió la completa independencia de la India, para que el país pudiera escoger libremente sus decisiones. Al día siguiente, el 9 de agosto de 1942, era arrestado junto a otros miembros del Congreso, lo que produjo una sublevación en masa de los nativos, seguida por una serie de revueltas violentas en todo el territorio indio. Ésta fue la última prisión del Mahatma y quizá la más dolorosa, porque desde su presidio en Poona se enteró de la muerte de su mujer, Kasturbai. Era ya un anciano frágil y debilitado cuando salió en libertad en el año 1944.

Finalizada la guerra, y tras la subida al poder de los laboristas en Inglaterra, Gandhi desempeñó un rol fundamental en las negociaciones que llevaron a la liberación. Sin embargo, su postura opuesta a la partición del subcontinente nada pudo contra la determinación del líder de la Liga Musulmana, Jinnah, defensor de la separación del Pakistán. Dolido por lo que consideró una traición, en 1946 el Mahatma vio con horror cómo los antiguos fantasmas indios resurgían durante la celebración del Nombramiento de Nehru como primer jefe de gobierno, que fue pretexto de violentos disturbios motivados por la pugna entre hindúes y musulmanes.

Gandhi se trasladó a Noakhali, donde habían comenzado los enfrentamientos, y caminó de pueblo en pueblo, descalzo, tratando de detener las masacres que acompañaron a la partición en Bengala, Calcuta, Bihar, Cachemira y Delhi. Pero sus esfuerzos sólo sirvieron para acrecentar el odio que sentían por él los fanáticos extremistas de ambos pueblos: los hindúes atentaron contra su vida en Calcuta y los musulmanes hicieron lo propio en Noakhali. Durante sus últimos días en Delhi llevó a cabo un ayuno para reconciliar a las dos comunidades, lo cual afectó gravemente su salud. Aun así, apareció de nuevo ante el público unos días antes de su muerte.

El 30 de enero de 1948, cuando al anochecer se dirigía a la plegaria comunitaria, fue alcanzado por las balas de un joven hindú. Tal como lo había predicho a su nieta, murió como un verdadero Mahatma, con la palabra Rama ('Dios') en sus labios. Como dijo Einstein, «quizá las generaciones venideras duden alguna vez de que un hombre semejante fuese una realidad de carne y hueso en este mundo»




lunes, 9 de enero de 2012

Pancho Villa


Pancho Villa Presidente de México el 18 de enero... tan solo un momento, que no druó más que unos segundos mientras se sento y levantó de la Silla Presidencial.

Todo personaje histórico tiende a ser, sobre todo si es popular, transformado poco a poco en leyenda. Al cabo de un tiempo, y sobre todo cuando desaparecen los testigos oculares que podrían corregir algunas versiones, se crean mitos y anécdotas “históricas” que en su momento se transforman en hechos “comprobados” por su repetición y, sobre todo por la belleza de lo narrado.

Sin lugar a dudas, Pancho Villa es un hombre de ese tipo. Desde su nombre. Todos estamos de acuerdo que se llamaba Doroteo Arango, pero no se sabe, a ciencia cierta, cómo y porqué decidió cambiar a Francisco y/o Pancho Villa. Si el “título” le fue heredado por el jefe de la pandilla de cuatreros a la que pertenecía o si lo obtuvo “legalmente” de su padre o abuelo son misterios que nunca se podrán resolver.

Villa, el héroe

El hecho es que Arango o Villa, era un cuatrero, un delincuente, “roba vacas” como le decían algunos. La Historia quiso ubicarlo en el lugar y el momento adecuado para que se convirtiera en héroe nacional. Nada que ver, evidentemente, con Emiliano Zapata, su “colega”, alter ego o “equivalente” en el sur. Zapata era un campesino real, que buscaba el bienestar de sus pares.

Las circunstancias hicieron que, al iniciarse la revolución, ambos caudillos, que apoyaban a Francisco I. Madero en su lucha contra la reelección de don Porfirio Díaz, entraron a la lucha armada. Eso hizo de ellos unos héroes. Héroes populares, épicos, héroes de nivel mundial. Vaya a donde se vaya, todo mundo conoce, o por lo menos ha oído hablar de Pancho Villa y de Emiliano Zapata.

El segundo sigue vivo en las mentes como líder agrario, como defensor de los oprimidos, como ideólogo de “Tierra y libertad” o "La tierra es de quién la trabaja". Muchas organizaciones populares se refieren a su nombre como signo de identificación. Cuando se manifestaron los indígenas de Chiapas, lo hicieron con el membrete “zapatista”.

Un hombre de revolución

Francisco Villa, si bien no ha inspirado causas tan nobles como las de su compañero de armas, permanece también en la memoria colectiva como un hombre “que no se dejaba”, un luchador social de primera línea, un estratega de altísima calidad, un jefe militar ejemplar. Francisco Villa es el personaje número uno cuando se habla de revolución en el mundo, aún antes que el “Che” Guevara u otros.

Durante la revolución, Zapata y Villa se encontraron en la Ciudad de México. Ahí, unieron fuerzas y determinaron estrategias. Estuvieron en una memorable comida en el aún existente (y famoso) restaurante san Ángel Inn, en el sur de la Ciudad. La foto de aquel banquete circula aún prolíficamente y es bien conocida.

También fueron a Palacio Nacional, la sede del poder ejecutivo federal. Ahí tuvo lugar una anécdota interesante para guardar en la memoria. Entrando al salón presidencial, al despacho del jefe del Estado y del gobierno, Villa y Zapata se toparon con “la” silla. Aquel mueble que simboliza mejor el poder central de nuestro país.

El general Villa no se aguantó. Fue y se sentó. Buen manejador de los medios como siempre lo fue, se mandó sacar una que otra fotografía, como “Presidente de México”.

Zapata, como siempre modesto y humilde, se negó a seguir el ejemplo del Centauro del Norte, aunque éste insistiera en diversas ocasiones. De esta manera, el caudillo del sur nunca fue Presidente de la República, mientras que el dirigente de la División del Norte gozó, de ese privilegio.

Porque se dedicó a asaltar trenes y bancos, saquear negocios, o atentar contra el sistema, repartiendo entre los pobres gran parte de lo robado; por eso era llamado "el amigo de los pobres", y posteriormente, con su actividad revolucionaria, "el general invencible" o "la esperanza de la República india". En pocos años se convirtió en una leyenda viva, el pueblo le componía canciones y poemas, contaba en rumores sus hazañas, exaltando su valentía de héroe romántico. Tanto era su poder que era capaz de alimentar a poblados enteros, desalojados por la dictadura de Porfirio Díaz. Pancho Villa conocía profundamente la miseria en la que vivía el pueblo mexicano, y actuaba en consecuencia; tan activo fue en su compromiso con el pueblo que pasó a formar parte, con los años, de los grandes personajes de la historia de México.

El apoyo de Pancho Villa y su pequeño ejército de tres mil hombres fue fundamental para la victoria de Carranza; por ejemplo en tan solo dos meses logró expulsar del estado de ChihuahuaPancho Villa en Torreón, 1913 a todas las tropas federales. En septiembre de 1913 hacía lo mismo en la ciudad de Torreón. Pancho Villa y su ejército se habían convertido para sus rivales en un coloso sobrenatural, invencible al mando de un ser inmortal. En Noviembre del mismo año, ocupaba ciudad Juárez, pero sin bastantes fuerzas como para vencer. Saca a relucir entonces su astucia, que vemos descrita en el testimonio de periodista norteamericano John Reed, que lo acompañó durante parte de su campaña:

... Villa se encontró con que no disponía de bastantes trenes para transportar a todos sus soldados, aun cuando había tendido una emboscada y capturado un tren de tropas federales, enviado al Sur por el general Castro, comandante federal en Ciudad Juárez. De modo que telegrafió a dicho general, firmando con el nombre del coronel que mandaba las tropas del tren, lo siguiente: "Locomotora descompuesta en Moctezuma. Envíe otra y cinco carros". Castro, sin sospechar, despachó inmediatamente otro tren. Villa le telegrafió entonces: "Alambres cortados entre Chihuahua y este lugar. Se aproximan grandes núcleos de fuerzas rebeldes por el Sur. ¿Qué debo hacer?". Castro contestó: "Vuélvase inmediatamente". Villa obedeció, telegrafiando alegremente desde cada estación que pasaba. El general federal fue informado del viaje hasta como una hora antes de la llegada, que esperó sin avisar siquiera a su guarnición. De tal suerte que, fuera de una pequeña matanza, Villa tomó Ciudad Juárez casi sin disparar un tiro...

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